Por NOTICIASCD.MX

CDMX, 19 febrero 2026.- En medio de una capital asfixiada por la inseguridad, el colapso del transporte público y la crisis hídrica que golpea con especial crudeza a alcaldías como Iztapalapa, el diputado de Morena y representante de esa demarcación, Miguel Macedo, decidió poner sobre la mesa una prioridad que parece sacada de otra realidad: convertir al Congreso de la Ciudad de México en un espacio “pet friendly”.

La propuesta, presentada como una medida para “reducir el estrés” y generar un ambiente de relajación en el recinto de Donceles y Allende, sostiene que las mascotas ayudan a bajar la tensión cuando las discusiones suben de tono. El argumento suena amable, incluso simpático. El contexto, no tanto.

Mientras en la capital se reportan miles de delitos de alto impacto cada año —según cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública— y colonias enteras padecen tandeos de agua por la sobreexplotación del Sistema Cutzamala y la caída en los niveles de las presas, en el Congreso local la discusión gira hacia si perros y gatos podrán circular entre curules y oficinas administrativas.

El transporte público tampoco atraviesa su mejor momento. El Sistema de Transporte Colectivo Metro arrastra fallas estructurales, retrasos constantes y episodios críticos que han puesto en entredicho su mantenimiento. A esto se suman quejas diarias por la saturación en horas pico y la inseguridad en estaciones y vagones. Pero para el legislador morenista, el problema urgente parece ser el estrés parlamentario.

Macedo argumenta que la restricción actual “limita el trabajo legislativo”, ya que algunos diputados y personal del Legislativo local tendrían que elegir entre asistir a sesionar o quedarse a cuidar a sus mascotas. La afirmación abre más preguntas que soluciones: ¿es responsabilidad del Congreso adaptar sus instalaciones para resolver asuntos personales de los legisladores? ¿No existen alternativas como guarderías especializadas o esquemas de organización interna?

El propio reglamento del Congreso establece lineamientos de seguridad, protección civil e higiene en sus instalaciones. Permitir el acceso generalizado de animales implicaría ajustes normativos, protocolos sanitarios, seguros de responsabilidad y adecuaciones logísticas. Nada de eso se ha explicado con claridad. Tampoco se ha detallado el costo presupuestal que implicaría adaptar espacios, definir zonas específicas o contratar personal adicional para supervisión.

El contraste es inevitable. En alcaldías como Tláhuac y Xochimilco, vecinos denuncian desabasto de agua; en Gustavo A. Madero se multiplican las quejas por robo a transporte público; y en Cuauhtémoc, donde se ubica el recinto legislativo, comerciantes reportan extorsiones y asaltos. La agenda urbana es amplia, urgente y compleja.

Convertir el Congreso en espacio pet friendly puede parecer un gesto de modernidad o sensibilidad animalista, pero llega en un momento donde la ciudadanía exige resultados tangibles en seguridad, movilidad y servicios básicos. La discusión no es si las mascotas aportan bienestar emocional —tema respaldado por estudios psicológicos—, sino si esa debe ser la prioridad política en una ciudad con rezagos estructurales evidentes.

En Donceles, mientras tanto, la imagen es de curules, micrófonos, debates acalorados… y correas entre los pasillos. Afuera, la ciudad sigue esperando respuestas mucho más urgentes que una alfombra roja para mascotas.

Por Editor

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