“La caja chica más grande de la ciudad”
Por HHR
CDMX, 15 febrero 2026.- En la Ciudad de México el comercio en vía pública no sólo es supervivencia: es estructura, jerarquía y flujo constante de efectivo. Un sistema paralelo que, sin oficinas elegantes ni informes trimestrales, recauda todos los días cantidades que cualquier secretaría envidiaría.
Porque aquí hay que dejar de fingir sorpresa. Si miles de puestos permanecen años en el mismo punto, si heredan lugares, si existen zonas “intocables”, entonces alguien administra, alguien autoriza y alguien cobra.
Y no, no es precisamente la Tesorería.
La matemática que incomoda
Pongamos un escenario conservador. Supongamos que una organización controla 2 mil espacios —algo habitual en corredores de alto tránsito— y que por cada uno se exigen cuotas diarias, semanales o “aportaciones” para festividades, lonas, electricidad, vigilancia o defensa jurídica.
El resultado son millones al mes en efectivo, sin facturas, sin auditorías, sin transparencia. Dinero líquido que compra movilización, abogados, propaganda, presión política y capacidad de negociación.
Eso explica por qué los liderazgos sobreviven a los cambios de administración. Los gobiernos pasan; la estructura permanece.
Poder real vs. poder formal
Cuando una autoridad intenta retirar puestos, no enfrenta únicamente a vendedores. Se topa con redes que pueden paralizar avenidas, rodear edificios públicos o instalar narrativas de persecución social en cuestión de horas.
Por eso el conflicto recurrente en Cuauhtémoc tiene tanta carga simbólica. Cada operativo es leído como un mensaje directo a quienes históricamente han tenido influencia territorial.
En ese tablero aparecen nombres inevitables. La alcaldesa Alessandra Rojo de la Vega intenta marcar autoridad institucional. Del otro lado la figura de Diana Sánchez Barrios, cuya trayectoria está ligada al entramado del comercio popular y a la capacidad de movilización que eso implica.
Aunque haya deslindes públicos, en política las biografías pesan más que los comunicados.
El secreto a voces
Quienes caminan las calles lo saben: hay tarifas por permanecer, por ampliarse, por vender ciertos productos, por instalarse en temporadas altas. También hay castigos para quien rompe la disciplina interna.
Eso convierte al espacio público en un mercado concesionado de facto.
No lo otorga la ley; lo valida la correlación de fuerzas.
Y mientras el sistema funcione, todos obtienen algo:
✔ gobernabilidad inmediata,
✔ estructuras listas para marchar,
✔ operadores territoriales,
✔ recursos sin rastro.
El único que pierde es el ciudadano que creyó que la banqueta era suya.
Nadie quiere matar la gallina
Un reordenamiento real implicaría censos verificables, bancarización, eliminación de intermediarios, reglas parejas y fin de la herencia de espacios. Suena lógico. También explosivo.
Porque desmontar el modelo significaría desactivar una de las maquinarias políticas más eficientes de la capital.
Por eso abundan los anuncios, los chalecos, las fotos y los diálogos eternos.
Pero el flujo de efectivo sigue intacto.
La pregunta final es brutal: si el ambulantaje es tan precario, ¿por qué genera liderazgos tan poderosos?
La respuesta cabe en una palabra: dinero.
Y mientras ese río siga corriendo por debajo de la mesa, la disputa por la calle será puro espectáculo.
