Lamento ser la portadora de malas noticias, pero hay que anunciarlo: Todo este tiempo nos han estado mintiendo sobre cómo ejercer nuestra vida sexual. Y qué rabia que nadie nos haya dicho “¡Amiga, date cuenta!”, pero más vale tarde que nunca.

Nos embutieron el cuento de que el sexo era algo que debíamos evitar hasta que fuera absolutamente necesario. Que en algún momento tendríamos que “acceder” a tenerlo, como si fuera un trámite engorroso de la vida o aprender a cambiar una llanta. Y que sólo podríamos empezar nuestra vida sexual bajo ciertas premisas:

Si la pareja era un hombre de bien que nos prometiera amor eterno, una cama cubierta de pétalos de rosa y un título universitario enmarcado en oro.

Otro requisito indispensable es tener mucho, muchísimo miedo de que haya consecuencias desastrosas -como si los métodos anticonceptivos no existieran-, todo en nombre de ese sacrificio que haremos en nombre del amor romántico, como si las relaciones de pareja fueran una canción de Ricardo Arjona.

De formas veladas nos dicen que siempre es él quien tiene que “convencernos”, como si a veces no tuviéramos un deseo exacerbado

Ya sabemos que los hombres no saben dónde está el clítoris, pero precisamente por eso es necesario hablar del placer femenino, reclamar nuestro derecho a los orgasmos y recordarles a nuestras parejas que la sesión no termina cuando él eyacula. También dejar de darle vueltas al asunto y buscar justificaciones innecesarias para cuando a una no se le antoja.

Tenemos que empezar a entender a la sexualidad como algo en lo que el principal objetivo es que todos se la pasen bien. Y, lo más importante, que haya consentimiento. Pero consentimiento de verdad, sin que nadie se sienta en deuda o acceda titubeante porque cree que así “debe ser”. Porque no es no y sí es sí. Es importante que, para poder disfrutar de nuestra sexualidad con plenitud, consultemos a nuestro ginecólogo sobre el método anticonceptivo que mejor se adapte a tú estilo de vida.