La Polilla

Jesús Yáñez Orozco

Fue un velorio atípico, irreverente, desacostumbrado, surrealista: hubo pastel y mañanitas. Ese día era el cumpleaños del fallecido. Intenso olor a café -charola con pan- y flores recién cortadas impregna el ambiente. Más que exequias, parecía tertulia. Ni rezos, ni llanto, ni sollozos apagados.

Afuera el sol cala, en los estertores invernales. Fue el infausto 2 de febrero pasado. Nunca supo que durante más de tres décadas quise volverlo a abrazar.

Pero lo hago, frente a su féretro cuyo recuerdo baila en mi mente, con palabras ancianas, cansadas de tanto cargar el tiempo.

Aquí aparecen, quebrantadas, rotas, en letras negras, sobre la página en blanco. Narrar la eterna ausencia ajena es una forma de describir la propia que llevamos de la mano.

Porque cuando asistimos al velorio de un familiar, amigo o conocido, desconocemos que presenciamos, por adelantado, nuestro propia defunción. Igual sucede cuando lloramos la muerte ajena. Las lágrimas son, primero, para nosotros. Porque algún día, nos tocará estar dentro del ataúd.

No es fácil intentar que la muerte sea una celebración, no aciaga pena; fiesta, incluso. Parecido al nacimiento donde todo es jolgorio. Hay quienes, incluso, ponen la música preferida que gozó en vida. En una escena kafkiana, frente a la caja, supe después, sus familiares parten un pastel, pues, oh paradoja, el día de su velorio sería su cumpleaños 79.

Al atardecer sus hijas -Yadira y Alejandra- llevan pastel. Una treintena de personas entonan las mañanitas. Algunos con la voz quebrada, sueltan: “Estas son las mañanitas…Que cantaba el rey David…Hoy como es dia de tu santo…Te las cantamos aquí…Despierta mi bien, despierta…Mira que ya amaneció…” Hay quienes reprimen una furtiva lágrima.

Es válido ser irreverente con la muerte; jugar con ella. Es más: se agradece que no haya lloros desaforados ni rictus de pesaroso dolor.

Ha muerto Rodolfo Guzmán García. Por su piel eternamente canela, de cariño, lo apodábamos El Negro. Maestro de generaciones de periodistas de prensa desde sus tiempos de reportero de policía y después en radio y televisión.

Reportero en el Excélsior de Julio Scherer, donde los suplentes que hacían sus pinitos lo llamaban “padrino” y él les devolvía un cariñoso “ahijado”. Inició como locutor en Tapachula, Chiapas, y, según contaba, “después de escribir en los diarios de mi pueblo llegué a México en la gran nevada del 67”. En noviembre de 1976 fue uno de los fundadores del semanario Proceso.

Conversador nato, siempre alegre, relataba que la CIA lo tentó para ser espía.

Con un talento reporteril reconocido por todos, El Negro Guzmán –como se le conocía– tuvo una amplia trayectoria en el medio periodístico y como coordinador de prensa en distintas dependencias federales.

Fue jefe de noticias en el extinto canal 8 Televisión Independiente de México antes de la fusión para constituir Televisa, así como en Canal Once. Creador del concepto de Detrás de la Noticia fue jefe de información en esa agencia y director del desaparecido periódico Summa. Fungió como reportero-redactor de la agencia italiana de noticias ANSA.

Dirigió comunicación social en la Cámara de Diputados –fuente que también cubrió–. Vocero de la desaparecida Secretaría de Desarrollo Social, con Josefina Vázquez Mota, candidata presidencial por el PAN en 2012. Y en sus últimos años de vida activa colaboró en la agrupación civil Acción Ciudadana Frente a la Pobreza.

Me armo de valor antes de cruzar el dintel de la Sala C, de la funeraria Gayosso de Sullivan, de la alcaldía Cuauhtémoc, en la ciudad de México, como quien salta al vacío. Dilato varios minutos, mientras llegan a mi memoria un mar de historias que navegan en medio del tsunami del dolor por la treintena de colegas muertos de la revista Proceso, la mayoría de finales de los 90 a la fecha.

A lo largo de 45 años de oficio periodístico, cuatro de ellos, los primeros como reportero, en la redacción de la revista Proceso, dejaron una honda huella: tizón en la piel del corazón. Abrevé de dos universidades: la vida y la rigurosa praxis del periodismo Por esos raros avatares de la vida, solo he estado en exequias de tres de ellos: Francisco Ponce Padilla, mi jefe en la sección de deportes; Gaspar Fe Alvarez, corrector de estilo de la Agencia CISA, y Rodolfo Guzmán. Los tres fueron velados en la funeraria Gayosso. Paco en la sucursal de Félix Cuevas, y Gaspar y Rodolfo, en Sullivan. Rodolfo descansaba dentro de su mortaja de madera de reluciente caoba, con herrajes dorados. A la derecha el retablo con su imagen que circula en redes sociales con un sombrero, que solía usar. Después colocaron otra cuando era un imberbe reportero. Aparece frente a la máquina de escribir Olivetti, con paciencia franciscana, mientras recibe información vía telefónica, como se acostumbraba en aquél entonces en las redacciones.

En redes sociales, se sumaron al quebranto por su pérdida, Josefina Vázquez Mota, Ivonne Melgar, Joaquín López Dóriga, Luis Acevedo, Ariel Mou, entre otros Escribí un comentario en Facebook que recibió varios likes de quienes lo conocieron: “Su tórrido romance con el alcohol impidió que fuera mejor reportero de lo que fue.”Murió mi ilusión de volverlo a ver, también, para platicar de nuestra pasión: libros. Sabía que era un irredento fanático del programa La Dichosa Palabra que trasmite Canal 22 hace 23 años. Una vez lo vi en un programa en vivo, entre el auditorio, en las instalaciones del Instituto Politécnico Nacional. Había cuatro sillones de piel negra, adosados a las paredes. En el que estaba vació, a la entrada de la Sala C, coloqué mi chamarra y sobrero negros. A un costado el extraordinario libro que releía: Nostromo de Jospeh Conrad. Me senté un momento, enfrente del féretro, blindado de flores, a cinco metros de distancia a los pies de un cristo de madera que, ensangrentado, parecía sonreír. Rememoré dos historias de El Negro. Es 1979, el tercer aniversario de la Revista Proceso. Scherer, con algunos tragos en el cuerpo, y una copa en la mano derecha, en mangas de camisa, traía el pantalón a media nalga. Comedido, Rodolfo, se acercó intentando subirle la prenda. Don Julio volteó a verlo con sus ojos azules encendidos de ira, recriminando. No alcancé a oír qué le dijo en voz baja. Pero El Negro se retiró, el rostro desencajado, sin decir nada. Por aquél entonces Guzmán, por su experiencia en la locución, estuvo a cargo de un proyecto radiofónico de la Revista. Iba a haber un acuerdo, al parecer, con la Universidad de Guadalajara. Rodolfo pasaba largas temporadas en la Perla Tapatía. Para los programas piloto, nos pedía a dos integrantes de deportes que grabaran notas del día: Emilio Hernández, subjefe de la sección, y yo. Me aterraba enviar mi voz por el hilo telefónico. Volaban mariposas en mi estómago. El proyecto no pasó de ser una quimera. El Negro Guzmán, con cierta dosis de sorna, elegante humor, en la redacción de Proceso, se refería con la palabra “licenciado” a los estudiantes de periodismo que veníamos de la entonces ENEP -ahora FES- Acatlán y de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. A Adrián Chavarría, que por aquel entonces era auxiliar de Rafal Rodíguez Castañeda, en Acatlán, solía llamarlo “licenciado Batman”. Porque, cuando portaba una gabardina, tenía un caminar parecido al del encapotado de la Ciudad Gótica. Rodolfo sabía aguantar carrilla. Sobre todo por el nombre y apellido del luchador El Santo: que era hijo de Rodolfo Guzmán Huerta. Después de un recorrido por la sala de la funeraria supe quién era Yadira, su viuda. Ella tampoco me conocía. Me presenté y dije quién era, abrazándola y resumiendo mi historia con Rodolfo en unos minutos. Resalté que fue uno de los mejores reporteros de la segunda mitad del siglo pasado que dio el periodismo nacional. Recordé algo que ella no sabía: él, Jorge Rodríguez, otro fallecido, José Reveles y yo, trabajamos en la agencia italiana de noticias, ANSA, dirigida por Ricardo Benozzo. En el área técnica estaba mi querido Oscar Vázquez, que también hacía labores de redacción. Después se dedicó al periodismo de espectáculos. Ahí aprendí a manejar el antediluviano télex. Agradeció las palabras con los ojos brillantes. El alma encendida. Su rostro acorazado de diminutas arrugas. Comenté que me quedaría un rato más. Asintió con una sonrisa franca de agradecimiento. Me informaron que Elias Chávez, otro excompañero de Proceso, acababa de retirarse. Hubiera querido abrazarlo en el dolor que nos convocaba. Mientras me servía café de una de las dos cafeteras, escuché hablar al conocido reportero Miguel Reyes Razo. Octogenarío, vestido de enceguecedor negro, corbata oscura, como una elegante serpiente azabache reptando sobre su camisa blanca. Su cabeza, coronada por un penacho color hielo. Traía un libro en la mano derecha. Escuché que charlaba que era originario de la popular Santa Julia, por las calles de Lago Iseo. Nunca lo había tratado. Externé, después de oír con atención su charla seductora, para romper el hielo, que yo había vivido 25 años en la colonia Pensil, un año en la Anáhuac y otro en Santa Julia, Lago Bolsena. Barrios bravos, aledaños, hermanados por la ñerez. Recordó que en los años 60, una cría de elefante, había escapado de un circo -que eran comunes en los barrios- y tuvo que ser sacrificada cerca del Lago Chiem, de la Pensil. También narró que en el marco del movimiento estudiantil de 1968, a él y a Reveles los soldados sacaron una metralleta, en CU. Cañón amenazante con vomitar muerte a la menor provocación, exigiéndoles salir del campus universitario. Traía el susto tatuado en el alma. Se disculpó para ir a dar el pésame a Yadira, haciendo una leve reverencia hacia los tertulianos. Minutos después vi que se acercó al féretro de Rodolfo. Observó desde distintos ángulos. Salió de la sala, sin despedirse. Pensé que regresaría. No lo volví a ver. La prensa nacional, también rindió honores al Negro Guzmán, en sus páginas: El 2 de Febrero, la agencia APro -antes CISA-, de la revista Proceso, donde trabajamos, publicó: Con una trayectoria que abarcó décadas en el periodismo, fue uno de los reporteros que abandonaron el diario Excélsior tras el golpe orquestado por el gobierno de Luis Echeverría en julio de 1976. Junto a figuras como Julio Scherer García, Miguel Ángel Granados Chapa, Vicente Leñero y otros, participó en la creación de Proceso.Su primer texto firmado, “¿Altar de la patria?”, fue un cuestionamiento al nacionalismo oficialUno de los hitos iniciales en la carrera de Guzmán en Proceso fue el reportaje “¿Altar de la patria?”, publicado en el número 2 de la revista, el 13 de noviembre de 1976 –apenas una semana después del debut del semanario el 6 de noviembre–.Este texto, representó no solo su primera contribución destacada en la nueva publicación, sino un ejemplo temprano del estilo incisivo que definiría a Proceso: un periodismo que confronta el poder con hechos y análisis.El artículo se centró en la controversia alrededor de los supuestos restos de Cuauhtémoc, el último emperador azteca, “descubiertos” en 1949 en la iglesia de Santa María de la Asunción, en el pueblo de Ichcateopan, Guerrero.Guzmán narró con detalle el contexto: un decreto presidencial de Echeverría en enero de 1976 creó una comisión investigadora para validar los hallazgos, promovidos por la profesora Eulalia Guzmán como un símbolo de identidad nacional.Después de tres cafés en vaso de unicel, me acerqué para despedirme de Yadira, Le doy un abrazo suave, como quien toca una flor delicada. Temo que se vaya a deshojar como frágil rosa. Dije, señalando con el dedo índice derecho el ataúd de Rodolfo: “Para morir nacimos”. Una amarga sonrisa se quedó colgando de su rostro, que diseminó sus arrugas. Nos despedimos de mortuorio beso en la mejilla.Adiós, Rodolfo, digo con el pensamiento huérfano, mientras cruzo el dintel de la Sala C.Y la tertulia fúnebre sigue.

Por Editor

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