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¡Los Ojos de la Capital!

Los diputados espurios

Por HHR

CDMX, 13 abril 2026.- En la Ciudad de México ya ni siquiera se disimula: el poder se concentra, se reparte y se ejecuta desde una sola oficina. La capital del país dejó de ser una plaza de contrapesos para convertirse en una ventanilla única donde todo pasa —o no pasa— según la voluntad política de Morena y, particularmente, de la jefa de Gobierno, Clara Brugada.

El Congreso capitalino, que debería ser el corazón deliberativo de la democracia chilanga, hoy parece una sucursal burocrática del Ejecutivo. Sus diputados oficialistas han renunciado al papel que les confirió el voto ciudadano: legislar, debatir, cuestionar. Se han convertido en operadores mudos, levantamanos disciplinados, piezas intercambiables de una maquinaria diseñada no para representar a la ciudadanía, sino para obedecer consignas.

La evidencia salta sola. Las iniciativas que avanzan son únicamente las bendecidas por el Ejecutivo. Las demás, aunque atiendan crisis urgentes como agua, seguridad, protección civil, atención a víctimas o libertad de prensa, duermen el sueño del archivo muerto. No importa cuántas propuestas lleguen desde oposición, organizaciones civiles o especialistas: si no llevan el sello del gobierno central, simplemente no existen.

Ese es el verdadero rostro de la centralización morenista: una ciudad atrapada en el cuello de botella de una sola voluntad política. Mientras Clara Brugada monopoliza agenda, decisiones e iniciativas, la capital se paraliza. Ahí están las obras del Mundial 2026 empantanadas, la inseguridad creciendo por inercia, el deterioro urbano acumulándose sin respuestas y las finanzas públicas navegando en opacidad, entre fideicomisos improvisados y deudas que terminarán pagando los ciudadanos.

Pero el problema no termina en la sumisión legislativa. Morena también ha perfeccionado un mecanismo perverso para fabricar mayorías artificiales. Sus aliados políticos han sido tratados como simples instrumentos desechables: útiles para inflar números, prescindibles cuando dejan de servir. Lo ocurrido con la sobrerrepresentación disfrazada, el acomodo forzado de diputados y las maniobras para retorcer la ley electoral exhibe una operación burda, cínica y profundamente antidemocrática.

Y ahí aparecen los diputados espurios: legisladores que no llegaron para representar genuinamente a nadie, sino para ocupar curules producto de arreglos cupulares, trampas aritméticas y pactos de conveniencia. Nombres impuestos desde el cálculo político, no desde la legitimidad democrática. Curules ocupadas por cuotas, no por méritos.

Lo más grave es que esta degradación institucional ya está normalizada. Los diputados de Morena ni hablan, ni debaten, ni defienden causas propias. Muchos son desconocidos incluso para sus propios electores. Han vaciado de contenido al Congreso y han convertido la pluralidad parlamentaria en simulación.

La Ciudad de México vive así una peligrosa mutación: del equilibrio republicano al mando vertical; del debate legislativo al monólogo oficial; de la representación popular a la obediencia partidista.

Y mientras los diputados espurios callan, la ciudad paga el precio: menos democracia, menos transparencia y más concentración de poder.

Porque cuando un Congreso deja de ser contrapeso, deja también de ser Congreso. Y lo que queda no es democracia: es imposición con disfraz institucional.

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