A punta de ocurrencias

En otro canal

Armando Reyes Vigueras

Cualquier candidato que diga que gobernar no tiene gran ciencia, que unas estampitas religiosas protegen de enfermedades o que la capacidad no es importante, es muy posible que no gane unas elecciones… pero no en México en donde un perfil como el que se describe en este párrafo ya es presidente de todo el país.

 

Con este presidente tenemos que arar

Fruto más de la constancia –¿o necedad?, me pregunto– que de la capacidad, el triunfo de López Obrador en 2018 cambió al país, pero no en el sentido de lo que anunciaba la famosa cuarta transformación que él abandera, sino por la manera en que se están demoliendo instituciones o por la forma de gobernar y sus efectos en nuestras vidas.

La huella que dejó en el joven López Obrador la bonanza petrolera de los años 70 en su natal Tabasco, dejó una imagen imborrable que nos persigue hasta nuestros días y ayuda a entender porque insiste –¿o necea?, vuelvo a preguntarme– en enviar grandes sumas de dinero a Pemex a pesar de los desastrosos resultados.

Nada más hay que ver la cantidad de pérdidas económicas y del grado de inversión, la cantidad de deuda acumulada y la forma en que se maneja la empresa para saber que el interés presidencial está en esta paraestatal, aunque el sentido común y la opinión de expertos vaya en otra dirección.

Que esos recursos sean más necesarios en ámbitos como el de salud o combate a la pobreza, no importa, primero está el cumplir el sueño del tabasqueño porque con eso está apartando su lugar en la historia.

Pero no es el único rasgo de su personalidad que nos debe llamar la atención.

Su afirmación de que gobernar no requería gran ciencia, que los servidores públicos deben tener 90% de honradez y 10% de capacidad, su desprecio por quienes estudiaron en el extranjero, así como por especialistas, y el nombramiento de personas sin la mínima experiencia para desempeñar un cargo público nos habla de alguien que carece de hoja de ruta y opera conforme llega alguna ocurrencia a su cabeza.

En esta última línea se inscribe el nombramiento de Isabel Arvide como cónsul en Turquía. Lejos de los juicios morales, como los defensores a ultranza y pagados quieren hacer creer, Arvide no cuenta con estudios ni jurídicos ni en relaciones internacionales como para ser propuesta a dicho cargo, tampoco experiencia en el área, aunque da la impresión de que su mérito fue atacar a críticos del presidente y elogiarlo a él.

Pero no ha sido la única ocasión en que los nombramientos presidenciales siguen esta línea.

Para varios organismos autónomos, se presentaron candidatos que demostraron en las entrevistas poco o nulo conocimiento de la materia que pretendían regular, volviendo a participar en procesos similares en otras oportunidades hasta quedar en el puesto.

Ya sabemos que en el razonamiento presidencial basta con que sean buenas personas u honestas para formar parte del gobierno, sin importar que hayan participado en gobiernos del odiado periodo neoliberal –para eso está la redención de la 4T– o que haya sospechas de actos de corrupción, nepotismo, influyentismo o similares.

Así, un operador electoral que conoce todos los trucos para tirar un sistema electoral en plenos comicios presidenciales, y con señalamientos de una fortuna al amparo del poder, bien puede convertirse en el director del monopolio eléctrico nacional y promover el consumo de combustibles contaminantes.

También la integrante de una familia que se ha acomodado en puestos públicos y en la Universidad Nacional, que también ha logrado amasar propiedades con sueldos de maestros, y que se dedican a utilizar recursos públicos para defender al lopezobradorismo, es la mejor opción para combatir la corrupción.

Y en materia de salud, puede más mantener la imagen de un presidente que se resiste a dejar el papel de candidato, que las recomendaciones de expertos e instituciones nacionales e internacionales respecto al uso del cubrebocas.

Y ante los estudios y las evidencias científicas, López Obrador sólo declara que no está científicamente demostrado esto, obligando al subsecretario de Salud a apoyar la ocurrencia y al secretario de Hacienda, que había dicho que era parte de la reactivación económica, a retractarse ante la orden presidencial.

No vaya a ser que por dejar de ver el rostro del presidente, los mexicanos empecemos a pensar que hay que votar por otras opciones políticas en 2021.

Pero no es el único detalle preocupante, pues se trata de un presidente que dice que está protegido por llevar consigo unas estampitas religiosas, mismas que presume en su conferencia mañanera.

También desestima el impacto de la crisis económica y dice que no tardamos en recuperarnos, total, el PIB ya no sirve y lo mejor es medir la felicidad, las calificadoras son parte del odiado sistema neoliberal y lo que nos debe importar es que se lucha contra la corrupción, a pesar de que cada día hay más desempleados, la pobreza aumenta y no tenemos a nadie en la cárcel por casos como el del aeropuerto de Texcoco, las denuncias en Conade y otros expedientes que se acumulan.

@AReyesVigueras